Capítulo 5: El cura de a pie


Capítulo 5: El cura de a pie
Obispo, arzobispo, cardenal, “papable”. La trayectoria de Jorge Bergoglio, pese a los títulos, está marcada por la austeridad. Desde su preferencia en ser llamado simplemente cura a su rechazo a los privilegios de cualquier cargo. No se anuncia el Evangelio, sin el testimonio de vida, afirma. De allí su convicción de que los hombres de iglesia deben amar la pobreza, olvidando la “psicología de príncipes”.    

Por Carmen Gloria Muñoz V.

Cuando en septiembre de 2013, a seis meses de asumir el pontificado, le preguntaron a María Elena Bergoglio en entrevista con Actualidad RT, qué iglesia quiere su hermano, responde sin dudar: “una iglesia para el pobre, para el que sufre, para el que necesita; es lo que él siempre predicó”.

Y es el tipo de iglesia por la que siempre trabajó. Tras finalizar su etapa como formador de jesuitas en el colegio Máximo de San Miguel, la historia del cura Bergoglio, como le gustaba presentarse y que le llamaran, saltó en 1986 a Alemania para terminar su tesis doctoral. Luego la Compañía de Jesús lo envía al colegio del Salvador en Buenos Aires y, más tarde, a la iglesia de la Orden en Córdoba. 

Allí hacía su trabajo de cura, guía espiritual, confesor, siempre muy cercano y de a pie, como uno más entre sus fieles -“porque no se puede anunciar el Evangelio, sin el testimonio de vida”, ha dicho varias veces-, cuando en 1992 el cardenal Antonio Quarracino lo llama para que fuera su mano derecha en la capital trasandina. 

Así es como en mayo de ese año, Juan Pablo II lo nombra obispo auxiliar de Buenos Aires y titular de Auca. Le encomiendan enseguida la Vicaría Episcopal de la zona de Flores y a fines del año siguiente también la Vicaría general de la Arquidiócesis. A mediados de 1997 asumió como arzobispo coadjunto de Buenos Aires y tras la muerte del cardenal Quarracino, le sucedió el 28 de febrero de 1998 como arzobispo primado de Argentina. 

“Miserando atque eligendo”, ese fue el lema de Jorge Bergoglio en su consagración episcopal y es también el lema, junto al mismo escudo, que mantiene hoy en su condición de Papa. Alude al pasaje donde Jesús vio a Mateo: lo vio con misericordia y lo eligió. Entonces, le dijo “Sígueme”. “Misericordiándolo y eligiéndolo” lo traduce él mismo para explicarlo. Es la manera como se sintió él en aquella confesión a los 17 años, cuando descubrió su vocación religiosa. “Y ésa es la manera con la que Él me pide que mire a los demás: con mucha misericordia y como si estuviera eligiéndolos para Él; no excluyendo a nadie”, confesó en el libro “El Jesuita”

Mucho después, ya investido Papa confirmaba a la revista La Civiltà Cattolica esa idea:“Esta iglesia es el hogar de todos, no una pequeña capilla para un grupo de seleccionados. No debemos reducir el pecho de la iglesia universal a un nido protector de nuestra mediocridad…”. 
 

“Mi gente es pobre…”

Después de ser nombrado obispo y luego arzobispo, Bergoglio no alteró el signo de extrema sencillez que siempre cultivó y quiso seguir de a pie: rechazó el auto con chofer y siguió usando el autobus y el metro. Tampoco quiso habitar la residencia para los arzobispos, ubicada en el mismo barrio donde está la Quinta Presidencial en Olivos. “Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos”, decía entonces, frase que es destacada en su biografía vaticana. Así lo conocían en las villas miseria, los barrios periféricos de la capital, a los que iba habitualmente, como parte de lo que entendía debía ser su rol. Muchos ni siquiera estaban enterados de que era arzobispo. 

La austeridad es, quizás, la cualidad que mejor define el modo en que Jorge Bergoglio ha decidido vivir. Ya nombrado cardenal, en febrero de 2001, pidió a quienes querían asistir a la ceremonia en Roma que se abstuvieran y mejor donaran ese dinero a los pobres. En lo doméstico, permaneció en la misma habitación del arzobispado que usaba desde 1993 cuando fue nombrado vicario general y usando una modesta oficina, ni siquiera la que le correspondía; y con una pequeña agenda de bolsillo siguió manejando sus compromisos él mismo, no una secretaria.
 

El buen samaritano

En octubre de 2001, de súbito, otro desafío se ponía en su camino. Había sido nombrado relator adjunto para la X Asamblea General del Sínodo de Obispos; es decir, ayudante del cardenal Edward Michael Egan, arzobispo de Nueva York, en la tarea de sintetizar los debates de cuatro semanas en torno al rol de los obispos como servidores del Evangelio y la posterior redacción de un documento para Juan Pablo II. Los atentados a las Torres Gemelas del 11 de Septiembre imposibilitaron a Egan cumplir su rol y fue Bergoglio quien lideró la misión. 

“Su documento de síntesis de los pesadísimos debates fue excepcional”, escribe el periodista Juan Vicente Boo en “El Papa de la Alegría”, Espasa, 2016, uno de los últimos libros escritos sobre el Pontífice. Corresponsal en el Vaticano por casi dos décadas, Boo es conocedor de primera mano del tipo de documentos que solía emanar desde la Santa Sede. El vaticanista señala que ese paper facilitó a Juan Pablo II la escritura de la exhortación postsinodal en la que se sitúa la misión del obispo “en una imagen evangélica muy clara: la del buen samaritano”.  

Es que aquella parábola encierra en gran medida el núcleo de la convicción más profunda de Bergoglio respecto de lo que él cree debe ser la Iglesia y cada uno de sus integrantes, tanto obispos como fieles: no importa raza o religión, hay que ayudar al que está herido en el camino. 

En su primera entrevista profunda como Papa, con La Civiltà Cattolica, en agosto de 2013, se explayó sobre las urgencias que él veía entonces: “Lo que la iglesia más necesita hoy es adquirir la capacidad de curar heridas… Veo a la iglesia como un hospital de campaña después de la batalla. Es inútil preguntar a un herido grave si tiene el colesterol o el azúcar elevados. Hay que curar sus heridas. Después podemos hablar de todo lo demás”. 

Juan Vicente Boo afirma en su libro que Francisco ha tomado como un desafío personal, la “conversión pastoral” de sus hermanos obispos, porque ello necesariamente traería efectos benéficos para todos. El primer Papa latinoamericano tiene en mente la imagen del buen pastor, que es capaz de dar la vida por cada una de sus ovejas. De hecho, es el símbolo que Bergoglio lleva en su solapa desde que fue ordenado sacerdote y que no cambió por la tradicional cruz tras la investidura pontificia. 

Según recuerda el periodista, en julio de 2013 durante un encuentro con los 45 obispos del Comité de Coordinación del Consejo Episcopal Latinoamericano, en Río de Janeiro, el Papa reiteraba: “los obispos han de ser pastores cercanos a la gente, padres y hermanos con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza… que no tengan psicología de príncipes”.   

El Papa ha ido mucho más allá y ha puesto en el tapete el modo de vida de un sector del clero. En entrevista con Valentina Alazraki, corresponsal de la cadena mexicana Televisa en el Vaticano, en mayo de 2015, habla de aquello: “Esta es la última corte que queda en Europa, las demás se han ido democratizando. Hay algo en la corte pontificia que mantiene una tradición un poco atávica… esto hay que cambiarlo… tiene que ser un grupo de trabajo al servicio de la Iglesia. Eso implica una conversión personal”. 

Su trabajo en la calle con los más pobres le ha dado a Jorge Bergoglio la certeza de que una parte de la crisis de credibilidad que vive su iglesia tiene que ver con eso. Cuando Sergio Rubin y Francesca Ambroguetti, autores de “El Jesuita”, le mencionan que muchos dicen creer en Dios y no en los curas, él responde: “está bien. Muchos curas no merecemos que crean en nosotros”.
 

“Papable”

No estaba en la carrera eclesiástica. El padre Jorge trabajó siempre con sobriedad y silencio, con énfasis por las periferias; allí donde estaban los más necesitados. Ese acento llamó la atención del cardenal Quarracino, cuando en 1992 lo promovió a obispo auxiliar de Buenos Aires. Pero hasta entonces, cuando tenía 55 años, “era un perfecto out sider en la Iglesia”, escriben en “El Jesuita”. 

Con tan bajo perfil, ¿cuándo Jorge Bergoglio se convirtió en papable? 

Entendidos en temas eclesiásticos coinciden en que su proyección internacional partió en 2001, con motivo del sínodo de obispos y su rol de relator general. A nivel local, al año siguiente declinó el nombramiento de presidente de la Conferencia Episcopal argentina, pero en 2005 es elegido y reconfirmado en 2008 por otros tres años.

Un año antes, en mayo de 2007, tuvo lugar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil, donde fue elegido para redactar el documento final; una guía para la evangelización del continente con la mitad de católicos del mundo. Cuentan que cuando le tocó celebrar misa, su homilía fue seguida de un cerrado aplauso, cosa que no ocurrió con ningún otro sacerdote en tres semanas que duró el encuentro.  

En 2005 participó en el cónclave donde fue elegido Joseph Ratzinger, quien asumiría como Benedicto XVI. Aunque los cardenales están conminados a guardar secreto de lo ocurre en la Capilla Sixtina bajo pena de excomunión, siempre algo se filtra. Trascendió que en las primeras votaciones Bergoglio consiguió la segunda mejor votación, luego de Ratzinger, algo excepcional para un cardenal latino. Fue entonces que el jesuita argentino pidió que sus votos fueran para el purpurado alemán, dado que él representaba mejor la continuidad de Juan Pablo II. 

Quizá allí comenzó a escribirse la historia del primer papa latinoamericano. “No mueve un dedo para hacerse campaña”, escribió un vaticanista ya en 2002, asegurando que era precisamente ese uno de sus méritos. Su sencillez y frugalidad, junto a lo profundo de su espiritualidad, lo elevaban a categoría de “papable”. 

 

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Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe.

Papa Francisco, Villavicencio, Colombia septiembre 2017

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