Capítulo 6: ¿Aló? Habla el Papa


Capítulo 6: ¿Aló? Habla el Papa
El protocolo no le importa. Francisco quiere estar cerca de quienes siente que más necesitan una palabra de esperanza. Se detiene a saludar en los caminos y va donde están los más excluidos. Le importa entregar un mensaje, de alegría, perdón o misericordia, sencillamente y sin pompa. Y quiere desterrar los dedos acusadores y las caras “avinagradas” de la iglesia. 

Por Carmen Gloria Muñoz V.

Llegó con una valija pequeña. No llevaba más que tres mudas. Había dejado lista la homilía de Domingo de Ramos sobre su escritorio. Y sonríe al recordar que agradecía a Dios por estar en el lugar cuarenta y tantos de los “papables”, según las casas de apuestas de Londres. Pretendía volver pronto, pues reconoce que su gran penitencia son los viajes. No le gustan. “¿Venir a Roma?… venía y me iba enseguida; Benedicto asumió a mediodía, yo en la tarde estaba arriba del avión”. 

Dos años después, Francisco evoca con la corresponsal de Televisa, Valentina Alazraki, el día de su elección, el 13 de marzo de 2013. Las votaciones se prolongaron desde el martes en la noche hasta el miércoles en la tarde. A su lado estaba el cardenal brasileño Claudio Hummes, “que para mí es un grande”, delegado del Amazonas para la Conferencia Episcopal. Mientras se sucedía el conteo, Bergoglio rezaba el rosario. “No te olvides de los pobres”, le dijo Hummes cuando ya no había dudas. Fue entonces cuando supo que asumiría el nombre de San Francisco de Asís. “Yo estaba con mucha paz y hasta ahora no la he perdido”, contó entonces.

El santo que custodia la creación, respetado por todos, ortodoxos, protestantes y católicos. “San Francisco es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre… ¡Ah, como quisiera una iglesia pobre y para los pobres!” comentó en uno de sus primeros encuentros colectivos ante la prensa. A varios de los presentes les parecieron palabras bonitas. Al correr de los días entendieron que no eran sólo palabras.
 

Ni blindado ni zapatos rojos ni anillo de pescador

Una serie de hechos singulares empezaron a llamar la atención en el nuevo Pontífice, que el periodista Javier Martínez Brocal desmenuza con sabrosos detalles en “El Papa de la Misericordia”. Dejó esperando a los sastres que le tomarían las medidas para las nuevas sotanas, pues lo primero era ir a rezar a la patrona de Roma en una de las basílicas más antiguas de la ciudad, Santa María la Mayor. Un Mercedes Benz blindado, motoristas de policía, un par de autos de escolta; era lo acostumbrado como medidas de seguridad. Francisco frunció el ceño. Quería un auto sencillo, subió entonces a un Volkswagen.

De regreso insistió en retirar su pequeña maleta de la residencia de sacerdotes donde se había alojado con motivo del cónclave, pero sobre todo quería pagar su cuenta. La residencia es propiedad de la Santa Sede, pero no fue posible convencerlo de lo contrario. 

El uso de zapatos rojos por papas y emperadores se remonta a la Edad Media, como símbolo de autoridad. También se dice que el sucesor de Pedro descansa sobre la sangre de los mártires. Francisco siguió usando sus propios zapatos, son ortopédicos, dice y se molesta cuando se habla del gesto. Más tarde, en su saludo a los cardenales, evitó la frase “eminencias reverendísimas” que se estilaba hasta entonces y los llamó sencillamente “hermanos cardenales”. Además, lo hizo desde una silla igual a la de ellos, no desde el trono papal de la Sala Clementina de anchas y doradas espaldas. 

Las cuestiones domésticas pueden parecer fútiles, pero hablan mucho de la personalidad de Francisco. Por ejemplo, desistió llevar el anillo del pescador con la imagen de san Pedro, tampoco usa el de cardenal, prefiere su sencillo anillo de obispo. Y decidió no residir en el Palacio Apostólico con vistas a la Plaza San Pedro. Vive en Santa Marta, la residencia de los empleados e invitados del Vaticano: “vivir en Santa Marta me ha ayudado mucho simplemente porque hay gente… allá solo no lo hubiera soportado”, le confesó a Valentina Alazraki. Allí come con los trabajadores y celebra misa cuatro días a la semana “con gente de afuera, de las parroquias… me da una holgura espiritual que me gusta mucho”, confesó.
 

El mejor trabajo del Vaticano

Es que al Papa le gusta el contacto. Enloquece a su guardia personal, porque no quiere distancia con los peregrinos en los recorridos por la Plaza San Pedro y ha pedido estrechar esos circuitos; quiere mirar a los ojos, abrazar, tocar esas manos que se estiran para alcanzarlo y lo fuerzan físicamente, a pesar de sufrir de ciática. Es habitual verlo bajar de un automóvil para saludar a las personas que lo aguardan en sus recorridos; suelen ser niños, enfermos, ancianos. 

En Roma ha seguido la costumbre que tenía en Buenos Aires de celebrar misas en cárceles, hogares de niños o con gente en situación de calle, drogadictos, especialmente en fechas importantes. Busca estar con los más necesitados. Lo hizo en su primera Semana Santa en Italia, fue a una cárcel de menores y lavó los pies de doce chicos, entre ellos, algún ortodoxo y otro musulmán. Los mismo hace en sus viajes. En su agenda siempre hay encuentros con los más excluidos; pobres, refugiados, enfermos, presos. 

El Papa quiere ayudar con hechos concretos. No se cansa de repetir que desea cristianos que tiendan la mano al necesitado; de paso advierte que es pecado mortal no hacerlo. Pero con todo, los brazos de Francisco “son muy cortos”. Al menos eso fue lo que le dijo al sacerdote polaco Konrad Krajewski cuando le encomendó “el mejor trabajo que hay en Vaticano: le pido que sea mis brazos para tocar a los pobres”, consigna “El Papa de la Misericordia”


Según el libro, la Limosnería Apostólica era una repartición simbólica, que permitía a obispos eméritos pasar un tiempo en Roma y vivir dentro del Vaticano, pero desde mediados de 2013 cambió radicalmente. Francisco decidió que la misión de su limosnero era salir a buscar a los pobres, no quedarse en la oficina. 

Así es como este enviado vive fuera de las paredes del Vaticano y se desplaza en un auto sencillo por cárceles, asilos y hospitales, para acompañar, llevar rosarios, orar con los que sufren. Krajewski confiesa que su trabajo “consiste en hacer lo que hacía el cardenal Bergoglio en Buenos Aires: preparaba la comida, la llevaba a los mendigos y almorzaba o cenaba con ellos”.

Durante el invierno reparten sacos de dormir a quienes no quieren ir a un refugio, entregan cenas donadas por restaurantes al final del día, ayudados por miembros de la Guardia Suiza fuera de turno. Para ellos se construyeron duchas en plena Plaza San Pedro, donde hay ropa interior limpia y útiles de aseo. Médicos y peluqueros se han sumado para dar servicios gratis en sus días libres.
 

“Recen por mí”

En marzo de 2016 llegó al patio del limosnero pontificio una escultura hiperrealista en bronce, de un hombre tendido sobre un banco, con su rostro cubierto y envuelto en mantas. Solo sus pies quedan al desnudo y en ellos están las huellas de la crucifixión. La obra de Timothy P. Schmalz, “Jesús sin techo”, tiene copias en varios países, pero no sin polémica, ya que muchas iglesias la han rechazado. El Papa no. Él comprendió el mensaje del artista: vio en ese marginado a Jesucristo. 

Le han preguntado al Papa si es un comunista dada su predilección por los pobres. “No
-responde-, los pobres están al centro del Evangelio”. Y explica que una de las cosas que más le indigna es el salario injusto. “El enriquecimiento a costa de la dignidad no dada a la persona… eso lo tenemos que decir. La bandera de la pobreza es evangélica, la robaron los marxistas porque nosotros la teníamos en el museo y no la usábamos. Que a algunos les parezca exagerado… quizás es por mis pecados que digo palabras fuertes y no soy lo suficientemente bueno para llegar el corazón de esa gente”, señaló en la entrevista con Televisa. 

El Papa no se guarda. Podrá equivocarse, pero prefiere correr el riesgo. Por ello repite con frecuencia: “Soy un pecador a quien el Señor ha mirado”. De hecho, con esa frase aceptó su elección como Sumo Pontífice. Quizás por eso reitera una y otra vez que Dios no se cansa de perdonar, “el problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón”. 

Francisco se confiesa cada 15 días y ha hecho de la frase “recen por mí” casi un sello. Del mismo modo que reivindica el hecho de ser una persona “corriente”, ni mejor ni peor que que el resto, quiere que todos se sepan que el Papa es un pecador, pide perdón y también necesita de las oraciones de los otros. Y con toda humildad, las solicita siempre.

La puerta siempre abierta

Incansables en el mensaje y cargados de alegría, los apóstoles y primeros cristianos salieron a la calle. Las circunstancias del imperio Romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, a la lucha por la justicia ni a la defensa de la dignidad humana. Con todo en contra y sin violencia lograron cambiar una civilización. 

Ese es el recordatorio y la propuesta que Francisco tiene para los cristianos de hoy en La Alegría del Evangelio, su programa pontificio. Y es lo que intenta transmitir en cada acto. No más “caras avinagradas” entre sus sacerdotes. “¡Dios es alegre! ¡Y cuál es su alegría? ¡La alegría de perdonar! Aquí está todo el Evangelio. ¡Aquí! ¡Aquí está todo el cristianismo!”, insiste.  

Tampoco quiere jueces implacables y dedos acusadores en la Iglesia. “Quién soy yo para juzgar” ha dicho, mientras recuerda que Dios habló para los heridos y los frágiles, que Jesús dijo que no son los sanos quienes necesitan médico; que la misma eucaristía no es un premio para perfectos, sino alimento para los débiles. 

Con permanente espíritu misionero, Francisco busca mostrar a cada persona que tiene cerca amor, caridad y misericordia. En su convicción interna saberse amado por Dios, cambia la forma en que se ve y se actúa con los otros. Y así se puede cambiar el mundo. 

Quizás por ello reserva ciertas horas del día para responder a quienes lo buscan porque han  escuchado aquello de que “mi puerta siempre está abierta”. Francisco recibe cientos de email y cartas e intenta responder todas las que puede. Muchas de ellas cuentan historias difíciles. En Buenos Aires iba y venía. En Roma no puede tomar el metro o el autobús, pero encontró “otra manera de callejear… el teléfono”, según sus propias palabras.

El último llamado que se filtró a la prensa es el que realizó en julio pasado a un recolector de basura de Buenos Aires que perdió sus dos piernas en un accidente mientras realizaba su trabajo. En abril llamó a los padres de una pequeña que tras una semana desaparecida fue encontrada muerta. 

Una de las primeras llamadas de que se tuvo noticia, a pocos meses de haber asumido como Pontífice, en octubre de 2013, fue la realizado a una mujer que se planteó el aborto como salida a una compleja situación personal. O la llamada en abril de 2016 a un pequeño de 9 años con diagnóstico de tumor cerebral, quien le escribió para pedirle que rezara por su curación, además de solicitar una bendición para la doctora que lo atendía. 

En junio de 2016, el sacerdote chileno Francisco Rencoret, de 35 años y quien había sido ordenado en 2013, también recibió su voz de aliento debido a un complejo cáncer del que falleció dos meses más tarde.   

En agosto de 2014 y tras enterarse por la prensa de los hechos, le entregó su apoyo a los padres del periodista norteamericano James Foley, de 40 años, quien fuera decapitado por el Estado Islámico tras ser secuestrado en 2012 mientras cubría la guerra civil en Siria.

Es que Francisco entiende que parte de su misión es estar presente y acompañar a los que sufren, sea por teléfono o email. Quiere recordarles el amor de Dios, acompañar en las dificultades, dar una palabra de aliento, una esperanza o simplemente reconfortar en el dolor. Es el trabajo de cura, confesó, que él no olvida y cree necesario cumplir a pesar de sus sotanas blancas. 

“Francisco sigue siendo Jorge… eso me alegra. Sigue viviendo como vivía acá, sigue tratando de educarnos con el ejemplo”, constataba su hermana María Elena Bergoglio, unos meses después de que Jorge Mario Bergoglio, sacerdote jesuita, a los 76 años, llegara a cambiar por alegría, la severidad que siempre tuvo el Vaticano.

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¿QUIÉN ES FRANCISCO?

 


Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe.

Papa Francisco, Villavicencio, Colombia septiembre 2017

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