Capítulo 2: El joven Bergoglio


Capítulo 2: El joven Bergoglio

¿Qué hay de los años de adolescente y joven del Papa, aquellos donde descubrió su vocación y decidió su destino? A los 13 años comenzó a trabajar, cuestión que a la postre agradeció a su padre. Paralelamente y mientras estudiaba en un colegio industrial, tras una confesión no premeditada, casi a los 17, comprendió que Dios lo llamaba. 
Por Carmen Gloria Muñoz Villablanca

 “Se diplomó como técnico químico y eligió luego camino del sacerdocio”, dice escuetamente la biografía del Vaticano. Del turbulento período adolescente en que decantó su vocación, nada. Ciertamente, eran tiempos de urgencia. El mundo salía de la Segunda Guerra Mundial y los que habían huido de Europa, intentaban hacerse la América.  

En la capital argentina y como buen hijo y nieto de inmigrantes, el joven Jorge Mario Bergoglio fue educado desde temprano en el rigor del trabajo. Construían el futuro y no estaban para riesgos, tampoco para alimentar a vagos. “No nos sobraba, no teníamos auto ni salíamos a veranear, pero no pasábamos necesidades”, relata él mismo en el libro “El Jesuita”, Ediciones Vergara, 2010. Pese a que su padre contador cubría las necesidades familiares, a los 13 años su progenitor le buscó trabajo y él, obediente y respetuoso, acató la decisión.

Fue así que los siguientes dos años combinó sus estudios del colegio industrial, con labores de aseo en una fábrica de medias, donde luego pasó a quehaceres administrativos. De paso comenzaba a comprender la relevancia del trabajo: “Fue de las cosas que mejor me hizo en la vida”, confesó a  Sergio Rubin y Francesca Ambroguetti, los autores de la citada biografía. Y es que lejos de asumir aquellas tareas con desgano o como castigo, tomó lo mejor y aprendió. “La dignidad no la otorga ni el abolengo, ni la formación familiar, ni la educación… sólo la otorga el trabajo”, reconocía.
 

Médico de las almas

A los 17 ingresó a un laboratorio. Trabajaba de 7 de la mañana a una de la tarde. Disponía de una hora para almorzar y continuaba con clases hasta la noche. Mario y Regina, los padres del futuro Francisco, esperaban que terminando esa colegiatura, el mayor de sus hijos fuera a la universidad; en sus sueños esperaban tener un médico en la familia. Pero el joven Bergoglio tenía otros planes. 

“Voy a serlo, pero médico de las almas”, les dijo cuando reveló que quería ser sacerdote, según consigna el libro “El Papa de la Misericordia”, Editorial Planeta, 2015. En él se detalla que la madre fue quien opuso mayor resistencia a la idea que tenía en mente su hijo. Se enojó, lloró y luego en sus primeros años de novicio ni siquiera lo visitaba en el seminario. Su padre se enteró antes; el joven se lo había contado intuyendo que él lo tomaría mejor y ansiando secretamente el apoyo paterno. 

Francisco recuerda claramente cuándo sintió el llamado. Fue el 21 de septiembre de 1953. Era un chico de casi 17 años y durante esa jornada celebraría junto a sus amigos el Día del Estudiante. Iba camino de la fiesta, cuando decidió hacer una parada en su parroquia San José del barrio Flores. Entró, se sentó en un banco y de pronto quiso confesarse. Lo hizo con un anciano sacerdote que no había visto antes por ahí, el Padre Duarte; supo después que vivía en Buenos Aires y padecía una avanzada leucemia, por ello no iba seguido a esa iglesia. 

Esa confesión le cambió la vida, según relató en “El Jesuita”, pues descubrió su vocación. “… Me di cuenta que me estaban esperando. Eso es la experiencia religiosa: el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando. Desde ese momento para mí, Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero”. 

Años después, poco antes de ordenarse sacerdote, recordó ese momento en una sentida profesión de fe que escribió en un papel que aún conserva y hoy luce descolorido: “Creo en mi historia, que fue traspasada por la mirada de amor de Dios y en el día de la primavera, 21 de septiembre, me salió al encuentro y me invitó a seguirlo”. 

Pero el seminario debió esperar. 

El joven Bergoglio aún debía superar otras pruebas para llegar al encuentro con Dios, cuatro años después. 

 

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Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe.

Papa Francisco, Villavicencio, Colombia septiembre 2017

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