Capítulo 4: Bergoglio, el jesuita


Capítulo 4: Bergoglio, el jesuita
No fue Japón como él soñaba. El desafío que esperaba al joven sacerdote a tres años de su ordenación, fue mayor que ir a evangelizar tierras niponas. Le tocó encabezar a los jesuitas argentinos durante la última dictadura militar del país. Tiempo de urgencias, decisiones y coraje. El Papa hizo lo que las circunstancias y su conciencia le dictaron. 

Por Carmen Gloria Muñoz V.

La dura historia de la evangelización en tierras niponas, iniciada por San Francisco Javier, jesuita compañero de Ignacio de Loyola, con mártires y persecuciones hasta fines del siglo XVIII y baja tasa de cristianos hasta hoy, desafiaban el corazón misionero del joven Bergoglio. Pero ese sueño, con el que ingresó a la Compañía de Jesús, fue rápidamente descartado por los superiores de la Orden debido a su deficiencia pulmonar. 

A cambio, tuvo no pocos retos tras ser ordenado sacerdote, en diciembre de 1969. 

Muy pronto fue designado maestro de novicios y poco después, en 1973, con apenas 36 años, elegido Provincial de los jesuitas en Argentina, tarea que cumplió durante seis años nada sencillos; hasta 1979. 

En una de las primeras entrevistas concedidas tras ser electo Pontífice, realizada en agosto de 2013 por el también jesuita Antonio Spadaro para la revista La Civiltà Cattolica, el Papa lo recuerda así: “Ese fue un tiempo difícil para la Compañía de Jesús: toda una generación de jesuitas había desaparecido. Por eso me encontré siendo Provincial tan joven. Tenía 36 años: una locura. Era necesario tratar con situaciones difíciles y tomé decisiones de manera abrupta y personalista…”. Esta forma “autoritaria” de resolver le valió fama de “ultraconservador”, añadió después. 

Pero el contexto lo explicaba. El sacerdote fue la cabeza de los jesuitas durante los primeros años de la última dictadura militar argentina, que derrocó con un golpe de estado en marzo de 1976 al gobierno de María Estela Martínez de Perón, y es considerada la más sangrienta de la historia trasandina. 

Así las cosas y en un clima de urgencia, con persecuciones, detenciones y desapariciones forzosas, a él le tocó decidir. Entonces, escondió gente, entre ellos algunos seminaristas, ayudó a otros a salir del país, realizó gestiones para ubicar detenidos. La jueza Alicia Oliveira, con un largo historial en la defensa de los derechos humanos y con quien terminó entablando una relación de amistad, fue testigo de algunas de sus actuaciones en aquel período; como el secuestro de dos sacerdotes jesuitas que trabajaban en barrios marginales, liberados a la postre. 

A su antigua jefa en el laboratorio en que trabajó siendo aún un adolescente, Esther Ballestrino de Careaga, que el Papa recuerda con gran admiración y cariño, como una mujer extraordinaria que le enseñó no sólo a hacer bien las cosas, sino también de política -era simpatizante comunista- le escondió la biblioteca familiar; peligrosa en esos días por sus tomos de autores marxistas. Tras sufrir el secuestro de su hija y yerno, que luego fueron liberados, ella misma fue detenida y asesinada.  

El Papa recuerda un caso en que Esther hizo de puente entre él y otra madre que buscaba a sus hijos, que no aparecieron. “Hice algunas averiguaciones que no me llevaron a ninguna parte y con frecuencia me reprocho no haber hecho lo suficiente”, reveló a Sergio Rubin y Francesca Ambroguetti, autores de “El Jesuita”, con quienes habló y aclaró parte de lo sucedido, entendiendo la necesidad de hacerlo dado las controversias que cuestionaban su accionar. Contó, por ejemplo, que vio dos veces al general Jorge Videla y al almirante Emilio Massera, buscando información sobre los sacerdotes detenidos.  

“La Lista de Bergoglio. Los salvados por Francisco durante de la dictadura”, Editorial Claretiania, 2013, del periodista italiano Nello Scavo, documenta una serie de casos de perseguidos políticos que salvaron de la muerte gracias a las gestiones del Pontífice. El libro, prologado por Adolfo Pérez Esquivel, Nobel de la Paz 1980, viene a desmentir las versiones que hablaban de una cierta complicidad del jesuita con la dictadura. Para esta publicación ni el Papa ni su entorno familiar y de amistades quiso referirse al tema, a cambio lo hicieron sin restricción los beneficiados de sus gestiones. Bergoglio guardó silencio incluso en el peor momento de las imputaciones. A los autores de “El Jesuita” les mencionó una frase: “Señor, que en la burla sepa mantener el silencio”.
 

Vocación Misionera

Luego de superar quizá el período más difícil de su vida sacerdotal, en 1980 fue nombrado rector del colegio Máximo de San Miguel, además de párroco de la zona, y allí estuvo hasta 1986. De su tiempo como Provincial aprendió. Él mismo, reconociendo que la forma “autoritaria” en que tomó sus decisiones, le había generado problemas, le comentó a Antonio Spadaro: “… con el tiempo aprendí muchas cosas. El Señor me ha permitido esta pedagogía del gobierno a través de mis propios defectos y pecados”. 

Entonces, cambió la forma. En “El Papa de la Misericordia”, el periodista Javier Martínez Brocal rescata un sabroso comentario de María Elena Bergoglio, hermana del Papa: “Cuando era formador, los jóvenes jesuitas lo llamaban Irma la Dulce: manos de hierro, guantes de seda. Palabras bonitas y modos suaves, pero lo que él decía era así y no se cambiaba”, contó. 

De lunes a viernes, la ‘malla curricular’ era de estudios, aunque también incluía ítems como escuchar ópera, lavar ropa, pisos y platos, trabajar la tierra y cuidar los cerdos. Había que saber de todo, para poder ayudar en cualquier lugar y situación. El mencionado volumen, rescata declaraciones de un novicio de entonces, hoy sacerdote, al LÒsservatore Romano donde recuerda que Bergoglio predicaba con el ejemplo y así se lo podía encontrar fregando trastos como limpiando las porquerizas de los cerdos.  

Los fines de semana salían a trabajar a los barrios pobres, para estar con la gente. Era el sello de Bergoglio. Él nunca olvidó su vocación misionera, de ir al encuentro del otro, junto a un profundo sentido de servicio a los demás. Más de una vez lo ha dicho: “Jesús tomó forma de esclavo para mostrar que todas las capacidades de uno están para servir a otros… todo el que tiene autoridad, poder y posibilidades, las tiene para servir a los demás”.

En aquellos años, la iglesia esperaba que los fieles llegaran solos. Nadie salía a buscarlos. Ellos, sí, dirigidos por el padre Jorge. “Nosotros llamábamos a las puertas y decíamos: señora hemos organizado el catecismo, mande a sus hijos. Era un modo de que los niños no se criasen en la calle. Y la gente aceptaba. En aquel entonces, en el barrio de San Alonso, no había ni siquiera una iglesia. En poco tiempo construimos una y cientos de personas comenzaron a asistir a la misa del domingo. En unos años, aquel lugar, que era un núcleo degradado y sin cohesión social, se convirtió en una comunidad viva y compacta”, recordó el sacerdote. 

Poco a poco empezaba a delinear lo que luego sería su impronta sacerdotal; el párroco cercano, que está en lo cotidiano con la gente. Y a esbozar su profunda convicción de lo que debe ser la Iglesia: “lo pobres están al centro del Evangelio. Cuando Jesús se presenta dice: ‘yo fui enviado para evangelizar a los pobres”.
 

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Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe.

Papa Francisco, Villavicencio, Colombia septiembre 2017


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